El futuro del sector agropecuario argentino. Viabilidad en un devenir de nutrientes caros

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Ing.Agr. M.Sc. Héctor G. Carta, Ing.Agr. M.Sc. Luis A. Ventimiglia

   

La Argentina se insertó en el comercio mundial como país agroexportador a fines del siglo XIX, resultando desde ese momento un actor principal en los mercados internacionales de carnes y de granos. A partir de allí, tuvo un desarrollo creciente de su agricultura, con especies que hoy son cultivos tradicionales como el trigo, maíz y girasol. En cambio, otras especies como el lino, tuvieron un gran desarrollo y luego fueron cediendo lugar a otros cultivos. Durante la década del setenta, en la pampa húmeda ocurrieron cambios significativos en los sistemas de producción, resultando que la tecnología comienzó a adueñarse de la escena productiva. Se inició el denominado fenómeno de agriculturización, caracterizado por el avance de la superficie destinada a los granos, en especial los oleaginosos, a raíz de mejores cotizaciones por un incremento en su demanda internacional. Además, por el autoabastecimiento de la Comunidad Económica Europea, cayó la demanda de nuestras carnes vacunas, motorizando aún más el avance de la agricultura sobre la ganadería. Al final de esos años hizo irrupción la soja, principalmente como doble cultivo sobre trigo. Gracias a los trabajos del INTA y con la introducción de germoplasma mexicano, se lograron las variedades enanas de mayor potencial de rendimiento y ciclo más corto que las tradicionales. Esta innovación en el cereal, hizo posible el doble cultivo con soja. Además, con esta oleaginosa se podían controlar más fácilmente dos malezas muy problemáticas para el maíz como el sorgo de alepo y el gramón.

El avance de la agricultura se ha mantenido hasta la actualidad, donde incluso parece tomar más fuerza y expulsar definitivamente a la ganadería a los suelos de peor calidad e incluso a otras regiones del país. La expansión de la soja fue un fenómeno singular y está relacionada a la gran demanda internacional de proteínas vegetales producida en las últimas décadas, en especial por China e India. A ello se debe agregar la demanda creciente hacia los biocombustibles por el incremento en el precio del petróleo.

La superficie sembrada con soja ha tenido un crecimiento constante desde mediados de la década del setenta, pero en 1996 se produjo un cambio significativo con la introducción de las variedades resistentes al glifosato (RR), herbicida de acción total. Esta tecnología produjo cambios muy significativos. Permitió abaratar y simplificar el manejo de este cultivo, dado que el control de malezas era complicado y costoso. Otra de las tecnologías que potenciaron este fenómeno fue la siembra directa, que además de preservar el suelo, simplificó las tareas al disminuir labores y reducir los requerimientos de mano de obra. Desde entonces este cultivo no ha dejado de crecer, llegando en la campaña 2007-8 a sembrarse cerca de 17 millones de hectáreas. 

 

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